El mensaje de Julián Carrón para la peregrinación a Czestochowa 2017 - Textos de Julián Carrón

El mensaje de Julián Carrón para la peregrinación a Czestochowa 2017

Julián Carrón Mensaje

17/07/2017

Queridos amigos:
Es precioso que podáis disponer de los días de la peregrinación para renovar la memoria de Cristo, compañero de camino. Y si en algún momento os sentís cansados, como sucede en muchas circunstancias de la vida, no os desaniméis, sino aprovechadlo para reconquistar vuestro corazón, como una ocasión para profundizar en la conciencia de vuestra verdadera necesidad: «la necesidad de Él» (Francisco, Carta a Julián Carrón, 30 noviembre 2016). Así podréis ver surgir en vosotros la gratitud porque Él no os abandona. Camináis hacia la Virgen únicamente por esto, en vez de preferir pasar una semana en la playa. ¿Cuál es la diferencia entre vosotros y los otros jóvenes? ¿Acaso sois vosotros mejores que ellos? No. Solo os distingue de ellos el camino que habéis hecho en estos años de escuela o de universidad. Los que creen que pueden arreglárselas solos con sus proyectos sobre el futuro no tienen nada que agradecer ni que pedir. Vosotros no. El mero hecho de participar en este gesto expresa que el camino que habéis hecho os ha mostrado que «no solo de pan vive el hombre», ni se conforma con tener trabajo o novia, porque necesita algo más para que la vida sea «vida».

¡Cuántas cosas os han sucedido estos años! Por eso, ir a Czestochowa para dar gracias será una fiesta. ¡Cuántos recuerdos! «En esos días, Moisés habló al pueblo diciendo: “Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años”» (Dt 8,2). Parece escrito para vosotros. La primera palabra para el camino es una invitación a hacer memoria. No hay que imaginar nada sino recordar. ¿Recordar qué? Todo lo que te ha sucedido. ¿Por qué? Porque de ese modo podrás estar todavía más agradecido. De hecho, ¿quién agradece más? Quien menos se olvida de lo que ha recibido. Quien no se da cuenta de que ha recibido un regalo no tiene ningún deseo de dar las gracias. En España hay un dicho: «Lo olvidado, ni agradecido ni pagado». Si yo hago un préstamo a un amigo y este se olvida de él, no me da las gracias por lo que le he dado ni me lo devuelve. Y como Cristo no nos pide devolución alguna, entonces podemos estar mucho más agradecidos, pero solo si nos acordamos de ello.

¡Cuántas dificultades habréis tenido que atravesar a lo largo de estos años! También fue así para el pueblo de Israel, que había vivido en el desierto humillaciones y pruebas. ¿Por qué lo permitió el Señor? «Para conocer [de verdad] lo que hay en tu corazón. (…) Te alimentó con el maná». «Te sostuvo durante el camino, no te dejó solo como un perro en el desierto, en medio de todas las vicisitudes de esa larga peregrinación». También vosotros podéis recordar cómo os ha acompañado Cristo a lo largo del camino, os ha alimentado, os ha sostenido de un modo que «tú no conocías ni conocieron tus padres». ¿Cuál es la finalidad del camino en compañía de Cristo, en medio de las vicisitudes de la vida? ¡Que puedas entender! ¿Entender qué? Que «no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,2-4). ¿Y cómo sabes que has caminado de verdad? Lo sabes si ha crecido en ti la conciencia de lo que deseas de verdad. Muchas veces nos conformamos con migajas por no haber comprendido qué necesitamos para vivir.

El Misterio te ha preparado para el futuro a través de un camino para que no repitas las estupideces que has hecho y para que no busques la respuesta donde no la puedes encontrar. Por ello, si no haces memoria y si no aprendes de lo que te ha sucedido, es decir, que Dios te ha «hecho recorrer aquel desierto inmenso y terrible» (Dt 8,15) –que a veces puede ser nuestro día a día–, no puedes comprender lo que supone haber conocido a Cristo y la promesa que contienen sus palabras: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». Y también: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna», dice Jesús, es decir, empieza a experimentar algo que permanece en el futuro, una vida que dura. De hecho, «como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí». Jesús os invita a hacer un camino para que llegue a ser vuestra la forma de la relación que Él vive con el Padre. «Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre» (Jn 6, 53-56). Desde dentro de vuestra experiencia aprenderéis también vosotros a vivir como hijos, porque solo «el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57), dice Cristo. ¿Necesitamos algo más que esta promesa para afrontar el mañana? Todo aquello que viváis, si lo hacéis en compañía de Cristo, será para vosotros. En caso contrario, será verdaderamente agotador vivir, aunque uno se busque un trabajo, busque la mujer o el hombre adecuado y el futuro parezca estar al alcance de la mano.

Ahora os toca a vosotros. Yo os he dado una indicación para ese camino que nadie puede hacer en vuestro lugar. La peregrinación es para aprender a obedecer y para descubrir qué es la vida en Su presencia.

Tener fija la mirada en la Virgen os ayudará a reconocer lo esencial. Identificaos con su camino, que le permitió comprender cada vez más la naturaleza de su persona. Porque la Virgen es el emblema de la criatura nueva a la que nosotros deseamos acercarnos cada vez más como planteamiento y como experiencia de la vida. Porque ella comprendió quién llenaba su corazón, quién era su Hijo y qué suponía su Hijo para su vida. ¡Qué conciencia tendría de que todo se jugaba en la relación con su Hijo! Por eso la Virgen es la figura que podemos tener en los ojos mientras caminamos, no solo como una meta a alcanzar, sino como una presencia a lo largo del camino, para preguntarle: «¿Cómo hiciste tú? ¿Cómo hiciste cuando viste cómo trataban a tu Hijo? ¿Cómo hiciste cuando tuviste que afrontar ciertas situaciones en las que se encontraba tu Hijo?».

¡Imaginad que vivís el camino como lo vivió ella! No es solo una presencia a la que pedir, sino sobre todo una presencia con la que identificarse para experimentar la compañía de Cristo mientras avanza el camino. Como cuando ella lo llevaba en su seno y no podía despertarse por la mañana sin darse cuenta del ser nuevo que ella misma era. Y después, cuando Jesús nació, llegaron los pastores y todos se quedaron asombrados de lo que había sucedido. O cuando el niño se perdió y lo encontraron en el templo, y ella no entendía, porque Su vida era un misterio; y después cuando empezaron los problemas, hasta el final. A la Virgen no se le ahorró nada. Y sin embargo nadie ha vivido como ella en esta familiaridad con Cristo. Dice don Giussani: si no es así también para nosotros, «no conocemos –en el sentido bíblico del término– a Cristo» (Una strana compagnia, BUR, Milán 2017, p. 89). No es que no sepamos nada de Cristo como fórmula, como definición, que no nos sepamos los datos de Su vida; no lo conocemos en el sentido bíblico, es decir, como uno conoce a la persona amada.

Junto a la Virgen puede crecer también en vosotros la familiaridad con Cristo y entre vosotros, que contagiará a los demás a vuestro alrededor. Aprenderéis –como dice el Papa– a ser «una Iglesia en salida», ¡lejos de encerrarse en el grupo de los amigos habituales! La peregrinación es para vivir en tensión por compartir todo con los otros jóvenes a los que vais a conocer. Y esto os podrá abrir a relaciones estupendas.

Esta es la belleza y el aspecto educativo de la peregrinación: si uno ve que Cristo vence en el presente, esto le permite afrontar el futuro. Los que prefieran irse a la playa lo aprenderán más tarde; no se les va a ahorrar. Estas cosas se aprenden antes o después, pero hay que aprenderlas en cualquier caso.

Acordaos de mí delante de la Virgen.

Julián Carrón

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